Gálvez y Rodríguez-Pose conversan sobre el futuro de la universidad y su papel geopolítico en Europa
La catedrática y el catedrático, con formación en el Instituto Universitario Europeo, conversan con ‘Agenda Pública’ en Florencia con motivo del cincuenta aniversario del IUE
Antes de encender la grabadora, Andrés Rodríguez-Pose y Lina Gálvez hablan con naturalidad y complicidad. Recuerdan su pasado como doctorandos en el Instituto Universitario Europeo (IUE) y repasan cómo ambos llegaron a ser catedráticos: él, en la London School of Economics; ella, hoy eurodiputada del S&D, en la Universidad Pablo de Olavide. Sus carreras están llenas de premios y reconocimientos, aunque hay que buscarlos en internet, porque ninguno de los dos presume de esas distinciones.
Lo que sí les interesa es qué hacer con el conocimiento que producimos, hacia dónde van las universidades, instituciones históricas con una enorme responsabilidad, y cómo debe ser la relación entre la academia y la política. Durante el cincuenta aniversario del IUE, Rodríguez-Pose y Gálvez conversaron conmigo sobre todos estos temas. Cuando hablaron de los problemas, lo hicieron con rotundidad: «Los académicos tenemos un problema de ego», señaló Gálvez. En la misma línea, Rodríguez-Pose advirtió de que «muchas universidades se están separando cada vez más de la realidad social y productiva de los lugares donde están».
También hay aspectos positivos y grandes oportunidades. Si, como asegura Rodríguez-Pose, las universidades «son una base fundamental para generar capital humano europeo, competitividad, desarrollo y calidad de vida», su papel sigue siendo decisivo para construir sociedades mejores y más igualitarias. En palabras de Gálvez, «el modelo social europeo, la democracia europea y los valores fundamentales europeos están ligados a lo que persiguen, o deberían perseguir, las universidades».
A partir de aquí, la conversación que mantuvieron en Florencia con con el redactor de ‘Agenda Pública’, Jorge de Diego Huertado, y que fue publicada en formato entrevista el 30 de mayo de 2026:
¿Qué importancia tiene la universidad en términos europeos, como espacio de generación de conocimiento y como parte de la simbología europea?
Andrés Rodríguez-Pose (A. R.-P.): La formación es clave a nivel individual y colectivo. Las universidades son uno de los catalizadores fundamentales del crecimiento. Europa tiene una gran tradición universitaria y, en los últimos treinta años, sus universidades han mejorado muchísimo. En términos de conocimiento, cuentan cada vez más y son una base fundamental para generar capital humano europeo, competitividad, desarrollo y calidad de vida.
Lina Gálvez (L. G.): Y también para sostener el propio modelo europeo. El modelo social europeo, la democracia europea y los valores fundamentales europeos están ligados a lo que persiguen, o deberían perseguir, las universidades. Son claves en la formación de capital humano y en la formación democrática de la ciudadanía. También lo son a través de la investigación y la innovación, como parte de la competitividad europea.
Otra cuestión es cómo se financian, cómo se organizan, cómo se estructura la promoción, la evaluación y el acceso. En algunos sitios el acceso es más meritocrático y, en otros, por la existencia mayoritaria de universidades privadas, lo es menos.
El Instituto Universitario Europeo, por ejemplo, es puramente meritocrático: no entra nadie que no haya pasado por un proceso de selección y tenga una beca. Aunque una persona sea multimillonaria, no puede comprar su acceso, como sí puede ocurrir en universidades de élite de Estados Unidos. Esa diferencia no es exclusiva del Instituto Universitario Europeo, pero sí habla del modelo europeo y de lo que queremos que sea Europa.
Si se mantiene un sistema público de calidad y después hay quien quiere pagarse otra opción, esa es otra historia. Pero mientras haya un sistema público de calidad y meritocrático, nos acercamos a algo que en realidad no existe plenamente: la igualdad de oportunidades. La meritocracia muchas veces es más un discurso que una realidad. Los hijos de Andrés o los míos parten con ventaja frente a otros, aunque solo sea por el número de libros que tienen en casa y porque saben desde pequeños qué pasos deben seguir para llegar a la universidad.
«Mientras haya un sistema público de calidad y meritocrático, nos acercamos a algo que en realidad no existe plenamente: la igualdad de oportunidades» – Lina Gálvez – Catedrática y eurodiputada
A. R.-P.: El mayor factor para predecir el nivel educativo de una persona sigue siendo el nivel educativo de los padres. Las universidades han mejorado y el modelo es valioso, pero hay un cuello de botella en la forma en la que las universidades y los centros de generación de conocimiento se relacionan con la sociedad. Ahí el problema está en parte en cómo están organizadas las universidades y en parte también en la sociedad.
L. G.: Y en parte en las empresas.
A. R.-P.: También. Al hablar de sociedad, incluía empresas, sector público y ciudadanía.
¿Se está avanzando en esa relación entre conocimiento y política?
L. G.: En España, por ejemplo, se está avanzando bastante con la medida de incorporar un científico a cada gabinete. Es una iniciativa novedosa que otros países están observando. Puede parecer menor, pero supone tener a una persona especializada en los temas que gestiona ese gabinete y que puede aportar una visión más concreta y más basada en evidencia.
También existen oficinas científicas en los parlamentos. El Parlamento español tiene una, aunque creo que es menos ambiciosa que la del Parlamento Europeo. En el Parlamento Europeo contamos con el panel STOA, el Panel for the Future of Science and Technology, del que soy vicepresidenta. Allí trabajamos sobre ciencia y tecnología en la sociedad.
En ese espacio vemos en qué temas estamos regulando o en cuáles creemos que debemos regular. Encargamos estudios a académicos, que nos presentan el estado de la cuestión y, sobre todo, distintas opciones de política pública. También hacemos seguimiento de la libertad académica y de otras cuestiones. Hay posibilidades de impacto social, pero hacen falta instituciones y organización institucional. Eso no surge de la nada.
En la relación entre academia y política aparecen dos fronteras: por un lado, la sospecha de tecnocracia; por otro, la percepción de que gobierna una élite formada en la universidad. ¿Cómo se combate esa doble idea?
L. G.: En el panel científico-técnico del Parlamento Europeo, el órgano directivo lo formamos tres personas: un eurodiputado del PP, yo por el Partido Socialista y un liberal alemán. Los tres tenemos doctorado. Dos venimos de la universidad y el tercero está más vinculado al mundo de la empresa, pero también tiene doctorado. Eso, sin embargo, no es lo normal.
La mayoría de los parlamentarios puede estar formada o no, pero he conocido políticos magníficos que no tenían estudios universitarios. Es verdad que eso ha cambiado con las nuevas generaciones.
A. R.-P.: La universidad es cada vez menos elitista. En Reino Unido, en los años ochenta, entraba en la universidad alrededor del 8% de la población. En España, si no me equivoco, entra casi el 50%. En Reino Unido está en torno al 45%. Lo normal cada vez más es ir a la universidad, aunque un porcentaje importante de la población sigue sin hacerlo y opta por otros tipos de formación o por incorporarse antes al mercado laboral.
El doctorado también ha cambiado. Hoy muchos doctorados son por artículos académicos, algo que empezaba en economía cuando nosotros nos formamos.
¿Cómo creen que es hoy la relación entre política y academia? ¿Y cómo les gustaría que fuera?
L. G.: Creo que es mejor que hace unos años, sinceramente, pero debería ser más fluida. Ahora he estado en los dos lugares y, siendo la misma persona, con las mismas publicaciones y la misma trayectoria, me insultan en redes y me llaman ignorante. No entiendo que se hable de uno sin saber.
Al mismo tiempo, se están haciendo esfuerzos importantes. Yo trabajo mucho con el JRC, además del STOA, y sigo trabajando en cómo mejorar el science for policy. Por eso mencionaba antes el caso de España y la incorporación de un científico en cada gabinete ministerial.
Una antigua doctoranda mía fue una de las científicas elegidas. Siempre intenté inculcar a mis discípulas —casi todas mujeres, por cierto— que su conocimiento debía ser útil para la sociedad. No basta con avanzar en el conocimiento; también hay que preguntarse para qué sirve. Creo que ahí falla una parte de los investigadores. Y en política, por supuesto, a veces pesan otras variables más que la evidencia.
«No basta con avanzar en el conocimiento; también hay que preguntarse para qué sirve. Creo que ahí falla una parte de los investigadores» – Lina Gálvez
A. R.-P.: Como académico, durante mucho tiempo he intentado que las ideas y el conocimiento que genero tengan influencia social y puedan mejorar la calidad de vida de las personas. A veces los puentes los crean personas concretas. Muchos colegas del mundo académico, sobre todo en los campos más científicos, no consideran que tengan esa obligación.
L. G.: Es más: algunos lo desprecian.
«Se valora publicar, generar artículos o patentes, pero no necesariamente trabajar con empresas, con el sector público o con actores sociales» – Andrés Rodríguez-Pose – Catedrático Princesa de Asturias en la London School of Economics
A. R.-P.: Y la universidad tampoco lo valora lo suficiente. Se valora publicar, generar artículos o patentes, pero no necesariamente trabajar con empresas, con el sector público o con actores sociales. Al mismo tiempo, muchos políticos viven de espaldas al mundo académico.
Siempre ha habido, en los partidos democráticos tradicionales, tanto de izquierda como de derecha, personas que conocían el mundo académico y el sistema científico. Pero ahora vemos el crecimiento de partidos que consideran a los científicos y a los expertos como enemigos, sobre todo en la derecha radical, aunque también en otros extremos. Eso presiona los presupuestos y reduce la valoración social de la ciencia.
Andrés, usted, al igual que Lina, ha tenido relación con las instituciones europeas. ¿Qué aprendió ahí sobre los políticos?
A. R.-P.: Sí, hace unos años presidí el grupo de alto nivel de la Unión Europea sobre el futuro de la política de cohesión. La Comisión decidió la composición del grupo y me la comunicaron el día de la primera reunión. Éramos dieciocho personas: quince procedían de la política, la sociedad civil o el ámbito institucional, y solo tres éramos académicos.
Al principio pensé que lo íbamos a tener difícil. Y, sin embargo, al final acabé diciendo: «Menos mal que estaban los políticos». Los académicos nos atascamos por cualquier cosa. Los políticos tienen una capacidad para llegar a consensos, buscar soluciones y desbloquear problemas que resultó fundamental. Saqué adelante aquel trabajo con personas muy válidas del Partido Popular, del Partido Liberal, del Partido Verde y del Partido Socialista. En los momentos de bloqueo, encontraban una solución.
«Los académicos nos atascamos por cualquier cosa. Los políticos tienen la capacidad para llegar a consensos, buscar soluciones y desbloquear problemas» – Andrés Rodríguez-Pose
L. G.: Los académicos tenemos un problema de ego. Hemos estudiado mucho y sabemos mucho, y por eso creemos que sabemos más que los demás. Puede que en nuestro campo sea así, pero cuando hay que poner en marcha una política pública, aparecen otros factores. Hace tiempo escribí un artículo en prensa en el que decía que los científicos saben mucho, pero no saben de todo. Uno sabe de lo suyo.
A. R.-P.: Sabemos una parte de todo.
L. G.: Exacto. Por eso los llamados lobbies son necesarios: hay que recabar información de las personas o grupos a los que afecta una política concreta. Es cierto que quienes tienen más recursos llegan con más facilidad, pero en política universitaria y de igualdad yo recibo a organizaciones que no son poderosas ni representan intereses económicos fuertes. Defienden intereses muy legítimos de la sociedad civil europea.
Esa información ayuda. Uno tiene su visión política, pero necesita conocer la realidad sobre la que va a legislar.
¿Tienen algún ejemplo de esa distancia entre el diseño teórico perfecto y la realidad política?
L. G.: Ahora tengo sobre la mesa, como ponente, una metodología de seguimiento del presupuesto desde la perspectiva de género. La Comisión Europea ha diseñado una iniciativa de gender budgeting, o presupuestación con perspectiva de género, muy bien planteada desde el punto de vista teórico.
Si esto me hubiera llegado hace quince años, habría dicho que era perfecto: transversalidad, seguimiento del presupuesto, etc. Ahora, conociendo mejor cómo funcionan las instituciones, creo que no va a funcionar tal como está diseñado. No porque el modelo teórico sea malo, sino porque la gente no está formada, no siempre está concienciada y las prioridades políticas no son esas.
Por eso prefiero dar un paso atrás en el diseño ideal y avanzar con una fórmula que sea más efectiva. Se lo decía hace poco a una directora general de la Comisión: teóricamente no tengo nada contra el modelo, pero describe una realidad abstracta que no coincide con la realidad institucional que tenemos. Ahí los políticos aportan un punto más realista sobre por dónde va la sociedad y sobre cómo se construyen consensos.
«Los políticos aportan un punto más realista sobre por dónde va la sociedad y sobre cómo se construyen consensos» – Lina Gálvez
A. R.-P.: Además, los políticos representan a la sociedad. Los académicos no representamos a nadie, más allá de nuestras redes y nuestros colegas.
Pero hay otras responsabilidades.
A. R.-P.: Nuestra responsabilidad con la sociedad es en gran parte voluntaria. Podemos decir que la sociedad nos ha financiado y que debemos devolverle algo, pero en la práctica cada académico trabaja en su propio nombre. No trabajamos para un equipo, ni siquiera para una universidad en sentido estricto: trabajamos para nosotros mismos.
¿Cómo se encuentra el equilibrio en la participación de expertos en las instituciones?
L. G.: En el nuevo programa Horizonte Europa se está discutiendo hasta qué punto las convocatorias deben diseñarlas expertos sin la participación o el control de la Comisión.
A. R.-P.: Hay que meter gente de fuera, eso seguro.
L. G.: Sí, hay que meter gente de fuera, pero la rendición de cuentas sin la Comisión es más compleja. Nosotros, los académicos, también tenemos mucho ego. Creamos grupos cerrados según escuelas, visiones y trayectorias. Hay que encontrar un buen equilibrio.
En eso estamos trabajando. Entre el ponente de los democristianos y yo discutimos todas las semanas sobre cómo llegar a ese equilibrio. La gente puede pensar que estamos peleándonos por el presupuesto, pero estamos de acuerdo en casi todo. Llevamos años trabajando juntos en política científica, tanto en policy for science como en science for policy.
Los académicos no ganan mucho dinero. Muchas veces se les paga con ego, y ese ego suele ser masculino.
A. R.-P.: No sé qué llegó antes, si el huevo o la gallina, pero tiene mucho que ver con la evolución de la producción científica: hay que publicar un artículo, y luego otro, y luego otro. Eso empuja a que uno se priorice a sí mismo, persiga sus propios objetivos y adapte su trabajo a los incentivos que recibe.
L. G.: No llegan solo de la universidad; en realidad llegan del sistema. Uno de los grandes debates es la evaluación. Es un tema que llevo a menudo a las reuniones con fundaciones y actores europeos vinculados a la ciencia. También se discute en espacios como el STS Forum, un foro internacional sobre ciencia, tecnología y sociedad que se reúne cada año en Kioto. Allí se lleva tiempo hablando de evaluación y de impacto social.
Andrés, por ejemplo, tiene un impacto muy alto medido con los estándares actuales: publicaciones en revistas, citas, indicadores bibliométricos. Pero también tendría una valoración altísima si midiéramos bien el impacto social de su investigación. Esa parte se mide mal y habría que medirla mucho mejor.
Además, cuando no se mide bien el impacto social, se escucha y se valora menos a las mujeres. Muchas veces las mujeres tendemos a hacer investigación vinculada a un impacto positivo en la sociedad, la innovación o las políticas públicas, mientras que otra parte de la investigación se retroalimenta a sí misma.
Sería tan sencillo como que todo investigador se hiciera tres preguntas y las respondiera con transparencia: quién financia su investigación, por qué la hace y qué impacto quiere conseguir. Si esa reflexión fuera explícita, muchas cosas cambiarían. Hay investigadores que ni siquiera se preguntan por qué hacen lo que hacen, más allá de producir un artículo detrás de otro para alimentar su promoción o su propio ego. Y muchos tampoco se cuestionan quién les financia realmente y qué implica eso. Esa autorreflexión es necesaria.
«Sería tan sencillo como que todo investigador se hiciera tres preguntas y las respondiera con transparencia: quién financia su investigación, por qué la hace y qué impacto quiere conseguir» – Lina Gálvez
A. R.-P.: Eso lo hemos vivido en nuestra vida académica. Cuando llegamos a Florencia, el sistema académico era muy poco transparente. Quien tenía poder, tenía poder, y no siempre estaba claro por qué. Además, estaba dominado por grandes profesores, en su mayoría hombres.
L. G.: Cuando nosotros estudiamos, en los cuatro departamentos del Instituto Universitario Europeo solo había dos profesoras. Eso también explica cómo se han construido muchas jerarquías académicas.
A. R.-P.: Después se ha desarrollado muchísimo el sistema de medición. Ahora tenemos monedas muy claras: dónde publicas, en qué revista, cuántas veces te citan, en qué ranking apareces. Las universidades saben cuánto cuesta un investigador y qué beneficios genera en términos de rankings. Eso ha aportado transparencia frente al sistema anterior, pero también ha creado incentivos perversos.
En muchas universidades, colaborar con el mundo externo no solo no cuenta, sino que puede perjudicar tu capacidad de ascender. Te miden con criterios más transparentes, pero también más estrechos. Y eso lleva a que las universidades busquen cada vez más prestigio académico básico y se alejen de la investigación aplicada o del vínculo con el territorio.
Lo hemos analizado, por ejemplo, en Suecia: qué publica cada universidad y cómo se relaciona esa producción científica con la estructura productiva de la zona en la que está instalada. Hay universidades suecas de muy alto nivel que contribuyen al desarrollo científico mundial. Pero otras, que están en un segundo o tercer rango, intentan imitar ese modelo y pierden impacto sobre las empresas locales, cuando antes su relación con ellas era mucho más importante.
Ese es el problema: muchas universidades se están separando cada vez más de la realidad social y productiva de los lugares donde están. En Estados Unidos, en cambio, muchas universidades que no son las primeras del ranking tienen una relación mucho más intensa con su entorno económico, social y productivo. Esa colaboración les permite identificar problemas, buscar soluciones, probarlas, corregirlas y mejorarlas. Georgia Tech, por ejemplo, es una universidad de altísima calidad y con una conexión muy fuerte con el tejido productivo del estado en el que se encuentra.
«Muchas universidades se están separando cada vez más de la realidad social y productiva de los lugares donde están» – Andrés Rodríguez-Pose
L. G.: Esto me interesa mucho. Andrés es el gran especialista en geografía del descontento, y yo he promovido en el Parlamento Europeo una iniciativa vinculada a la innovación regional: cómo pueden colaborar los distintos territorios para generar innovación. El problema es que las universidades punteras funcionan como actores globales. Absorben talento y recursos. Las holandesas, por ejemplo, han ocupado parte del espacio que antes tenían las británicas dentro de Europa, aunque las británicas siguen siendo las británicas.
La innovación se concentra en muy pocos centros y esa dinámica es cada vez más difícil de contrarrestar desde la política. Por eso es tan importante vincular la innovación al territorio. Si no hay una universidad generando conocimiento e innovación conectados con las dinámicas productivas de ese territorio, es muy difícil avanzar.
¿Qué ejemplos hay en España de esa conexión entre universidad, innovación y territorio?
L. G.: Hay buenos ejemplos en el País Vasco y en Navarra, aunque ahí cuentan con fondos e instituciones que otros territorios no tienen. Y después está Barcelona, que juega en otra liga. No digo Catalunya en su conjunto: Barcelona juega en otra liga.
A. R.-P.: En España, como en otros países, hubo a partir de los años noventa una expansión universitaria muy importante, con nuevas universidades públicas en muchos lugares. Eso fue un avance, pero quizá habría sido necesario diseñar universidades más asociadas a las necesidades concretas de cada territorio. El problema es que casi todas acabaron siendo generalistas.
L. G.: Es cierto, pero también hay que reconocer lo que esas universidades han aportado. Si Almería o Jaén no hubieran tenido universidad, difícilmente veríamos algunos procesos de modernización productiva que se han producido. En Jaén, por ejemplo, la universidad ha contribuido a la modernización del sector del aceite de oliva, en una provincia que es una de las grandes productoras mundiales.
A. R.-P.: No se trata de decir que Almería o Jaén no deban tener universidad. Eso sería un error. La cuestión es que casi todas las universidades sean generalistas y ofrezcan prácticamente lo mismo.
L. G.: Ahí está la clave: combinar presencia territorial, especialización y conexión con los procesos productivos. Las universidades territoriales pueden modernizar sectores, pero también hace falta ordenar mejor el mapa de titulaciones y evitar que todas compitan por hacer lo mismo. La cuestión es cómo lograr especialización sin debilitar el papel de esas universidades en sus territorios.
Para terminar: Europa compite con Estados Unidos y China también en la universidad, la ciencia y la innovación. ¿Qué papel puede jugar la capacidad intelectual europea en esa competición geopolítica?
L. G.: Horizonte Europa y las acciones Marie Skłodowska-Curie forman parte del mayor programa público de investigación del mundo, y también de uno de los más abiertos. Hoy tenemos asociados al Reino Unido, Suiza, Noruega, Nueva Zelanda, Canadá, Corea del Sur y otros socios. Japón lleva años en ese proceso y Australia también se negocia en paralelo a acuerdos más amplios.
Ese es el poder blando de la Unión Europea: ciencia abierta, colaboración científica y diplomacia científica vinculadas a los acuerdos comerciales y a la acción exterior. No se trata solo de financiar investigación; se trata de construir alianzas a través del conocimiento. Es normal que no todo el mundo conozca la lista de países asociados a Horizonte Europa, porque es un tema muy específico, pero ahí hay una parte fundamental del poder europeo.
«La generación de conocimiento viene de la investigación y, en Europa, gran parte de esa investigación se hace en las universidades» – Andrés Rodríguez-Pose
A. R.-P.: El conocimiento es el principal recurso que tenemos en Europa. La generación de conocimiento viene de la investigación y, en Europa, gran parte de esa investigación se hace en las universidades. Si no estamos presentes en la frontera mundial del conocimiento, quedamos fuera de la competición.
Europa produce tantos artículos científicos sobre inteligencia artificial como Estados Unidos. En generación de conocimiento estamos a la par. El problema no está ahí, sino en cómo pasamos ese conocimiento al mercado. Generamos conocimiento, pero no siempre se traduce en patentes, innovación empresarial o empresas capaces de crecer.
L. G.: En innovación hay capacidad. El problema es el scaling up, el crecimiento. Muchas veces la innovación se va.
A. R.-P.: Exacto. El reto es traducir el conocimiento en actividad innovadora, en empresas innovadoras, en compañías que puedan crecer y convertirse en unicornios o en empresas de gran escala. Y, además, evitar la fuga de talento.
L. G.: Por eso países como Estados Unidos, Corea del Sur y Japón son tan importantes. Son lugares en los que se está produciendo buena parte de la frontera de innovación. Europa tiene conocimiento, pero tiene que convertirlo mejor en capacidad tecnológica, empresarial e industrial.
A. R.-P.: Ese es el punto: Europa tiene que traducir mejor lo que sabe en lo que hace. Si no, seguirá produciendo conocimiento excelente que otros terminan aprovechando mejor.
Muchas gracias a ambos.
Jorge de Diego Hurtado
Redactor en ‘Agenda Pública’. Politólogo y analista electoral. Cuenta con experiencia en consultoría en Bruselas y actualmente es redactor en ‘Agenda Pública’. También es cofundador de ‘El Tablero Político’.
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